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lunes, 19 de julio de 2010

La funcionalidad de la familia mexicana

Minuchin menciona que en la evaluación del funcionamiento familiar es importante definir conceptos de organización tales como:

roles, jerarquía y demarcación de los límites
adaptabilidad como: flexibilidad versus rigidez
cohesión como: proximidad versus distancia y
estilos de comunicación.

La cohesión ha demostrado ser un elemento fundamental para la predicción de la respuesta que tendrá la familia frente a la enfermedad. Una enfermedad crónica e incapacitante puede intencificar y prolongar estas transacciones anormales. En algunas enfermedades como el retrazo mental la necesidad de cohesión es permanente, obstaculizando así los cambios de desarrollo normativos en una familia. Así mismo la habilidad de la familia para adaptarse a circunstancias cambiantes se complementa con su necesidad de valores durables, tradiciones y normas de comportamiento previsibles y coherentes. La adaptabilidad es un elemento fundamental particularmente en las enfermedades progresivas, recurrentes o que presentan crisis médicas agudas. (Ramírez lumbreras 2001)

Existen diversos instrumentos diseñados para medir la funcionalidad familiar, entre ellos uno de los más usados en nuestro medio es el FACES III versión en españos (Family Adaptability and Cohesión Evaluation Scales) validado para su uso en México. y el APGAR familiar.

según Satir es necesario para determinar el grado de funcionalidad familiar el conocimiento de la dinámica familiar y que obliga a conocer la Jerarquía entendiéndola como el nivel de autoridad que gobierna en la organización familiar y que puede ser, autoritaria, indiferente negligente, indulgentepermisiva o reciproca con autoridad, los Limites que representan las reglas que delimitan a las jerarquías y que pueden ser, claros, difusos o rígidos y la Comunicación que no es mas que la forma en que la familia se expresa entre sí y puede ser, directa, enmascarada o desplazada

La convivencia e interacción familiar se organiza en torno a espacios hogareños donde tiene lugar la socialización primaria de hombres y mujeres, y la reproducción cotidiana de sus miembros. En los hogares se despliegan fuertes lazos de afecto y solidaridad; se transmiten los valores que nutren y enriquecen la vida de las personas; se reúnen y asignan los recursos dirigidos a satisfacer las necesidades de sus miembros; se configura la división del trabajo con arreglo a las normas culturales y de acuerdo con la edad, el sexo y el parentesco de sus integrantes; y se toman las decisiones relativas a los eventos vitales de relevancia en el ámbito demográfico que estructuran y marcan la trayectoria de vida de las personas. Sin embargo, también en la familia se construyen relaciones de poder y autoridad, y a menudo la violencia ejercida en contra de alguno de sus miembros permanece oculta al interior del hogar.

Las familias aún en las sociedades más modernas neesitan ser dinámicas y evolutivas, y tienen funciones de afecto, socialización, cuidado, reproducción y ejercicio de la sexualidad y estatus familiar que deben cumplir. Estos aspectos llamados funcionalidad familiar son de interés para la medicina moderna, y uno de los parámetros que se evaluan en el Estudio de Salud Familiar. La disfunción familiar ocurre cuando no se cumple adecuadamente alguna de estas funciones por alguna alteración en uno de sus subsistemas, por ejemplo por un cambio de roles.


La configuración cambiante de la sociedad y la economía ha influido en la vida y relaciones familiares, dando como resultado la emergencia de formas diversas de organización y convivencia hogareña, y de arreglos residenciales variados. El acelerado proceso de urbanización e industrialización, la expansión del trabajo asalariado y del mercado de consumo, así como la creciente presencia de la mujer en la actividad económica extradoméstica y los avances registrados en la educación y la salud, son algunos de los procesos que han condicionado en gran medida las transformaciones de la estructura y las relaciones familiares en el México contemporáneo.


En México, como en muchos otros países en vías de desarrollo, el adecuado desempeño de las funciones de la familia a menudo se ve obstaculizado por diversas vulnerabilidades de origen social, lo que deja a sus miembros en condiciones severas de indefensión e inseguridad, al tiempo que constituye un factor decisivo en la trasmisión intergeneracionalde la pobreza. Los cambios sociodemográficos que ha venido experimentando México,


Al articularse o entrecruzarse en el contexto hogareño con algunas de estas vulnerabilidades,tienen el potencial de reducir de manera significativa la capacidad de los hogares para prevenir riesgos o enfrentar situaciones adversas.


1. El impacto de la transición demográfica

La transición demográfica ha contribuido a modificar el escenario en el cual se forman y desenvuelven las familias y los individuos, provocando importantes cambios en el tamaño y composición de los hogares, en la estructura del curso de vida y en las relaciones de género e intergeneracionales al interior de las unidades domésticas. El aumento de la esperanza de vida ha ocasionado una ampliación del “tiempo familiar” propiciando que, a menudo, en los hogares convivan personas que pertenecen a tres o hasta cuatro generaciones.

Este mismo hecho ha propiciado una ampliación del marco de certidumbre de las personas y ha favorecido actitudes y prácticas de previsión y planeación de los eventos del curso de vida. Por otra parte, las transformaciones en las pautas reproductivas han contribuido a modificar las cargas y responsabilidades asociadas a la formación familiar y a reducir el número de años dedicado a la crianza y cuidado de los hijos, creando las condiciones para que las personas, en particular las mujeres, se propongan otras metas en sus vidas vinculadas con su desarrollo personal. Estas transformaciones, sin embargo, han tenido lugar de manera desigual en los distintos grupos sociales y regiones del país, más amplios, entre los que destacan la formación de arreglos residenciales de personas que viven solas o bien de hogares monoparentales.Además de los cambios en la mortalidad y la fecundidad, las transformaciones en la intensidad y calendario de las pautas de nupcialidad y de disolución conyugal (viudez, separación o divorcio) también han contribuido a transformar la estructura del curso de vida. La evidencia disponible indica que el índice de rupturas conyugales se ha incrementado entre las mujeres de las generaciones más recientes, entre las que se casan a edad temprana y entre quienes transitan por los primeros años del matrimonio. En este proceso, la viudez ha cedido su lugar a la separación y el divorcio como modalidades predominantes de disolución conyugal. Estas tendencias inciden en las trayectorias de vida de cónyuges e hijos, dando lugar a formas de vida más complejas y a una gama de arreglos familiares más amplios, entre los que destacan la formación de arreglos residenciales de personas que viven solas o bien de hogares monoparentales.



2. Número, tamaño y composición de los hogares

En las últimas décadas los hogares mexicanos han venido delineando un nuevo perfil, de manera que, en la actualidad, es posible distinguir cinco grandes tendencias a las que se dirigen:

la reducción de su tamaño
la coexistencia de diversos tipos de arreglos residenciales
el aumento de la proporción de unidades domésticas encabezadas por mujeres
el “envejecimiento” de los hogares
una responsabilidad económica más equilibrada entre hombres y mujeres.
Los efectos de la inercia demográfica han ocasionado un incremento acelerado del número de personas en edades productivas y reproductivas, como consecuencia, el número de hogares se ha incrementado notablemente durante las últimas décadas, al pasar de 6.8 millones en 1960 a 16.2 en 1990 y a 22.7 en 2000 (CONAPO, 2001b).


Durante las últimas décadas los hogares mexicanos han experimentado cambios en su composición, de manera que los arreglos familiares se han diversificado. Aún cuando el tipo de hogar más común en el país sigue siendo el nuclear, los hogares no familiares —en particular, los unipersonales— han ganado peso gradualmente, además los arreglos familiares nucleares han experimentado ciertas transformaciones

Entre 1976 y 2000 los arreglos familiares del tipo nuclear han pasado de 71 a 68.3 por ciento del total de hogares y, dentro de ellos, los conformados por la pareja con hijos solteros (tipo nuclear conyugal) representan la organización familiar predominante (82% en 1976 y 75.4 en 2000) aunque ha ido descendiendo paulatinamente su importancia. A la par, la proporción de hogares nucleares que sólo cuentan con uno de los miembros de la pareja (nucleares monoparentales) ha ido incrementándose ligera pero sistemáticamente, al igual que la de aquellos que se componen de la pareja sin hijos (nucleares estrictos).

El peso relativo de los arreglos residenciales extensos (integrados por un hogar nuclear, con uno o ambos miembros de la pareja, y una o más personas emparentadas con el jefe) dentro del total de unidades domésticas, se ha mantenido prácticamente igual durante las últimas décadas. Sin embargo, una tipología más desagregada permite observar que, dentro de este tipo de hogares, predominan los arreglos donde conviven la pareja con hijos y otros parientes, aunque haya ido perdiendo peso en favor de aquellos integrados por el jefe con hijos solteros y otros parientes.( CONAPO con base en la ENADID 1997. 4. XII Censo General de Población)



3. Estructura por edad y composición generacional

Los cambios en la dinámica demográfica también han modificado la estructura por edad de los hogares, que ahora suelen tener más frecuentemente adultos mayores entre sus miembros, al tiempo que ha descendido la proporción de aquellos que tienen niños pequeños o en edad escolar.

En 1992, 40.6 por ciento de los hogares del país tenía al menos un niño menor de 5 años. Sin embargo, para 1997 esta proporción había descendido a 37.4 por ciento ( 2001). Por otro lado, el aumento en la esperanza de vida ha propiciado que se incremente la presencia de adultos mayores en los hogares y permite la posibilidad de interacción de varias generaciones en la misma familia. Entre 1992 y 2000 se elevó de 16.6 a casi 18 por ciento la proporción de hogares donde hay, al menos, una persona de 65 años o más.

Los hogares mexicanos, además, han experimentado la reducción de su tamaño promedio. En 1976,cuatro de cada diez hogares del país era pequeño o mediano (es decir, formado por cuatro miembros o menos) condición que, en el año 2000, abarcaba a casi seis de cada diez unidades domésticas. En concordancia, la proporción que representan los hogares grandes (cinco o más miembros) dentro del total de hogares del país ha perdido peso al pasar de 60.2 a 40.5 por ciento en ese período (CONAPO , 2001 y 2003b).



4. jefatura del hogar

De hecho, en el año 2000, 5.4 por ciento de los hogares mexicanos estaba compuesto exclusivamente por mayores de 60 años y 19 por ciento tenía como jefe un adulto mayor, según datos del Censo del 2000 (CONAPO, 2000). Entre las principales tendencias demográficas que explican este fenómeno destacan la viudez femenina como resultado de una mayor sobrevivencia y esperanza de vida de las mujeres; el aumento de la separación y el divorcio; el incremento en la proporción de madres solteras; y los patrones migratorios de hombres y mujeres, particularmente el desplazamiento de mujeres jóvenes a áreas urbanas. (CONAPO, 2003b y 2001).



Ser jefe de un hogar supone que sus miembros reconocen, sobre la base de una estructura de relaciones jerárquicas, a la persona más importante de la familia, es decir, aquella que está presente regularmente en el hogar y que es, además, la persona con mayor autoridad en la toma de decisiones o el principal soporte económico.

En México, los hogares encabezados por mujeres se han incrementado rápidamente en el último cuarto de siglo, al pasar de poco menos de uno de cada ocho en 1976 a más de uno de cada cinco en 2000 ( encabezadas por mujeres ascendía a 4.6 millones, cuando en 1990 sumaba 2.8 millones.

El perfil de escolaridad de los jefes de hogar muestra algunas modificaciones recientes. Entre 1997 y 2000, la proporción de hogares encabezados por un hombre sin escolaridad alguna o con primaria incompleta descendió de 37 a 32 por ciento del total de hogares con jefatura masculina; para los hogares con jefatura femenina este cambio fue 51.6 a 42.5 por ciento ( escolaridad que separa a los hombres jefes de hogar de las mujeres que cumplen ese mismo rol, ha ido acortándose. Mientras en 1997 sólo 29 por ciento de las jefas de hogar contaban con estudios de secundaria o más, casi 44 por ciento de los jefes estaban en la misma situación. En el año 2000, estas proporciones ascendieron a 35.5 y 44.5 por ciento, respectivamente.




5. Organización familiar y estrategias de los hogares

Los hogares mexicanos, además, han experimentado la reducción de su tamaño promedio. En 1976, cuatro de cada diez hogares del país era pequeño o mediano (es decir, formado por cuatro miembros o menos) condición que, en el año 2000, abarcaba a casi seis de cada diez unidades domésticas. En concordancia, la proporción que representan los hogares grandes (cinco o más miembros) dentro del total de hogares del país ha perdido peso al pasar de 60.2 a 40.5 por ciento en ese período (CONAPO 2000 Y 2003B)

A pesar de que a lo largo de los últimos veinte años no ha habido cambios drásticos en la composición de la familia mexicana, sí han ocurrido cambios en cuanto a su organización interna, esencialmente como respuesta a las modificaciones en el patrón de participación laboral de sus miembros. Dentro del contexto de deterioro del ingreso y el envejecimiento de los hogares, las familias han desarrollado diversas estrategias tales como el aumento en el número promedio de perceptores de ingreso: el número medio de miembros por hogar que trabajan aumentó de 1.53 en 1977 a 1.79 en 1998 ( despliegue de esta estrategia se vio facilitado por el hecho de que, conforme ha avanzado la transición demográfica y madurado la estructura por edad, una proporción creciente de las unidades domésticas dispone de un mayor número de personas en edad de trabajar.

Este aumento se refleja, principalmente, en la rápida incorporación de la mujer a la fuerza de trabajo. Las tres últimas décadas han presenciado el aumento notable del número de hogares que cuentan con la contribución económica de las mujeres. De hecho, en el año 2000, poco más de uno de cada diez hogares mexicanos tenía a una o más mujeres como únicas perceptoras de ingreso, proporción que se ha mantenido estable durante la última década.

En 1994, 16.1 por ciento de los hogares (3.1 millones) contaba con un ingreso menor al que se considera necesario para cubrir las necesidades básicas de alimentación, en 1998 esta proporción alcanzó 26.8 por ciento (casi 6 millones de hogares) y se redujo en 2002 a 15.8 por ciento de los hogares del país.



6. Pobreza y vulnerabilidad de los hogares

En México se advierte la persistencia de un número significativo de hogares cuyos miembros viven en condiciones sumamente adversas, con ingresos inferiores a los mínimos indispensables para tener acceso a los satisfactores necesarios para el desarrollo de las capacidades básicas de subsistencia.

Desde la óptica económica, México experimentó dos etapas durante el período de 1994-2002, cuyas tendencias afectaron la incidencia y severidad de la pobreza en el país.

Para esos mismos años 22.7 por ciento (4.4), 32.9 por ciento (7.3) y 21.1 por ciento de las unidades domésticas respectivamente, padecía pobreza de capacidades, es decir, tenía un ingreso por persona menor al necesario para cubrir el patrón de consumo básico de alimentación, salud y educación. Durante este período la pobreza de patrimonio, que se refiere a las condiciones en que el ingreso por persona es inferior al requerido para cubrir las necesidades de alimentación básica, vestido, calzado, vivienda, salud, transporte público, educación y otros bienes, afectó a 46.8 por ciento de los hogares de México.



7. Dinámica interna de los hogares Violencia doméstica y maltrato de menores

El maltrato por acción u omisión intencional contra algún miembro del hogar es frecuente al interior de las familias mexicanas. A pesar de que no se cuenta con datos a nivel nacional, estadísticas regionales sugieren que es un fenómeno extendido. Por ejemplo, la Encuesta sobre Violencia Intrafamiliar de 1999 señala que en 30 por ciento de los hogares del Área Metropolitana de la Ciudad de México alguno de sus miembros ha estado expuesto a actos de violencia doméstica. que en la mayoría de los casos los agresores son hombres. Según la encuesta antes citada, en casi 50 por ciento de los casos las agresiones provenían del jefe de familia y en 44.9 por ciento de los hogares las hijas e hijos eran las víctimas principales del maltrato.


Referencias


1. www.facmed.unam.mx/deptos/familiar/bol53-4/ibmf53-2.htmwww.medigraphic.com/espanol/e-htms/e-medfam/e-amf2006/e-amf06-1/em-amf061d.htm

2. redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/507/50780104.pdf

3. www.conapo.gob.mx/prensa/informes/003.pdf